En mis habituales paseos por Málaga centro no puedo dejar de fijarme en la flora y fauna que recorren sus ca
lles. Iniciando el paseo encontramos a los músicos, dando la nota musical, poniendo la banda sonora a la ciudad. La imaginación vuela y uno se siente actor de película, un personaje perdido y atormentado por sus pensamientos y a los que esa música añade emoción e intensidad.
La acordeonista, con su trenza de espiga ladeada y un enorme faldón estampado, que tiñe de melancolía la calle Larios con su voz de varítono entona canciones tristes a la sombra de las fachadas.
Un capítulo especial lo merecen los vagabundos, pues, los hay a los que les falta un miembro: una pierna y con sus muletas piden en los semáforos; o sin brazos y con un cacharro de plástico en la boca que con movimientos de cabeza hace resonar las monedas del interior, no pasa inadvertido. Otros, en cambio, piden en silencio, con un cartón de letras medio borrosas: "Tengo hambre".
El otro día me sorprendí admirando cómo uno de ellos recogía sus mantas, las doblaba cuidadosamente y las guardaba en una pequeña maleta pulcramente ordenada. Mi mirada se perdió en el interior de esa maleta, todo un mundo reducido a cuatro mantas.
Y por último, no puedo dejar de referirme a una señora bajita, que pide sin mirar a la cara: traje marrón, pañuelo negro en la cabeza -lo siento, no puedo dejar de compararla con Doña Rogelia, la de Maricarmen y sus muñecos- que encorvada camina con pasos cortos y en silencio levanta su manita pidiendo algunas monedas.
Aunque recorras mil veces sus calles, Málaga siempre te sorprende. Siempre encuentras algo que merece ser retratado con imágenes o con palabras.